12.10.14

Embriaguez (El verso endecasílabo)


Apurando los últimos tragos de la jarra paseé mi mirada en la gente de mi alrededor. Entre un rumor de voces y sombras alborotadas la encontré. Esta vez encarnaba el cuerpo de una mujer sencilla; de labios secos, nariz pequeña, pómulos rosados y las cejas finas como sus inestables tobillos. En aquel momento poseían una mujer preciosa. Bajo el barniz de timidez que delataba su sonrisa se observaba un alma frágil que solo gozaban las musas.
El anhelo hacía a esa mujer única y, maldita sea, deseable. Relucía entre la demás gente, cada uno de sus gestos la hacía más interesante. Y su mirada, ¡Oh su mirada! daba pie a centenares de versos, a miles de odas. Incluso la lámpara tenue de la barra ansiaba lucir como ella. A pesar de que sus reflejos bajaban creyéndose rayos por la cañería del grifo dorado de cerveza, lo único que alcanzaba la perfección en aquel bar era ella, lo demás miserable e insignificante como el polvo.
El destino trataba de insultarme con una situación así. Me sentía como el aire de una frase que se atraganta y termina siendo un suspiro. No podía quedarme de brazos cruzados ante un alma desnuda como es el de la inspiración. Ansiaba conquistar a esa alma encarnada y solo el lenguaje podía ayudarme a ello. ¿Un pareado en la servilleta? ¿Un recital entre borrachos y amargados? ¿Quizás tenga suerte con una estrofa susurrada? Mil dudas nacían y morían contradiciéndose en mi cabeza atascando las ideas sin cincelar y poemas que se me ocurrían al ver a la perfección personificada en una mujer de porcelana. La falta de citas con un folio a solas de los últimos meses provocaba una congestión de ideas en mi cabeza que me impedía escribir, pero no podía dejarla escapar otra vez. De repente vi que se movía, la fachada que resguardaba a las musas de las plumas de los soñadores se desplazaba hacia la salida del bar, burlándose una vez más del deseo de los artistas. A cada paso que daba mi falsa realidad basada en el deseo se hacía añicos. Huía como las farolas lo hacen de un tren en movimiento y yo no había logrado hacer nada al respecto. Tardé unos segundos en comprender que debía seguirla, aunque mis ilusiones ya volvían a estar en ruinas. Empecé a correr entre los laberínticos escombros de mis sueños. Zanqueé huyendo de los espejismos de la amargura que llevaban meses siguiéndome allá donde iba y alcanzando aquella divinidad hecha realidad. Las sombras del pasado quedaban atrás y faltaba poco para llegar hasta ella pero aún no sabía como captar la atención de las musas.  ¿Qué podía hacer si de mente hacia dentro soy encantador pero de boca hacia fuera soy uno más? Viví en slow motion la secuencia en la que el cuerpo que retenían las musas, que había dejado de andar, se giraba hacía mí y yo llegaba a él. Mi cabeza estaba terminando de esculpir las palabras y frases acumuladas durante tanto tiempo, pero la cuenta atrás era cada vez más corta y mis labios no tenían tiempo para pulir ideas en honor a ella. Buscaba en su fachada algún rasgo que me hiciera de hincapié en mis versos, pero aquellos labios electrizantes impedían que prestara atención en cualquier otra cosa. Llegué hasta ella y las musas me inspiraron. Ella brindándome tanto y yo sin poder aportarle nada. Tal era la frustración que me precipité y terminé abriendo el hocico:
 - ¿En tu boca o en la mía?


"Me quieres, pero aún no lo sabes"
E. Hemingway
Leer, cada ocho horas, es el remedio

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